La piña viajera

Relatos

Viajando muy muy lejos desde donde tú vives (o, quizás, no tanto ;-), se llega a un gran bosque milenario que, aún hoy, continua habitado por miles y miles de enormes pinos. Pinos cargados de montones de pequeñas y graciosas piñas. Piñas que se pasan la vida entera colgadas de las frágiles y oscilantes ramas. Y como casi nunca pasa nadie por allí, las piñas se entretienen el día entero hablando unas con otras, tranquilas y felices.

Todas felices y contentas, menos una. Menos la piña Catalina, que siempre estaba triste y callada. ¿Y sabéis por qué la piña Catalina no era feliz? Porque Catalina quería viajar por el mundo, conocer muchos países, hablar con mucha gente…pero no tenía ni piernas, ni pies, ni nada. ¡Y además estaba colgada de un pino!

Desde pequeñita a Catalina siempre le habían dicho…

–Catalina, las piñas nacemos de los pinos y crecemos todas juntas; colgadas de las ramas, jugando y bailando con el viento, y hablando y pasándolo bien entre nosotras. Y así vivimos muy felices, hasta que nos hacemos viejecitas, nos caemos al suelo, y soltamos entonces piñones para que crezcan otros pinos y puedan nacer nuevas piñas. Una vida plena y feliz. Pero la piña Catalina no pensaba igual.

–A ver –preguntaba Catalina desde que era casi un bebé piña–, cuando a veces vienen algunos humanos al bosque, recogen o arrancan algunas piñas, y se las llevan. Incluso cuando se llevan pinos enteros, repletos de piñas, ¿a dónde van todas esas piñas?

–Catalina –le contestaban siempre el resto de piñas–, para esas piñas no acaba nada bien la historia. Todas terminan tiradas a la basura. O peor todavía, quemadas en el fuego para hacer hogueras y calentar así a los humanos. Tienes mucha suerte de estar aquí con nosotras, en nuestra rama de pino –Pero eso no parecía hacer más feliz a Catalina.

Y así transcurrió la vida de Catalina, como cualquier otra piña de campo, hasta que una navidad, un día de mucho viento, en un momento en que la piña Catalina estaba balanceándose al ritmo de la ventisca, de pronto, escucho un “¡Crack!”. Y justo después, sintió que caía al vacío. ¡Resulta que con el viento se había soltado de su rama! Y así fue que, a los pocos segundos, y sin saber todavía muy bien lo que pasaba, ¡Se estrelló contra el suelo!

¡Vaya porrazo! ¿Esto será el fin? No le había dado tiempo todavía a darse cuenta de que estaba en el suelo cuando de pronto una mano la agarró con fuerza y la levantó del suelo. Entonces escuchó una voz de una niña que decía:

–Mamá, ¿Me puedo llevar esta piña a casa? Se acaba de caer del árbol, ¡y es muy bonita! –Resulta que quien había cogido a Catalina era María, una niña de 8 años, que había ido al bosque de excursión con sus padres.

–Claro María –dijo su madre–, puedes llevarte la piña a casa.

–¡Genial! –Exclamó la niña– Pero primero, todavía no sé si ella se quiere venir. A ver, piñita, ¿Te quieres venir conmigo a casita?

La piña Catalina, sorprendida, pensó en todo lo que le habían dicho sus amigas piñas. Que las piñas acababan en la basura, o peor, que las quemaban en el fuego. Además, todo el mundo sabía que una piña tenía prohibido hablar con un humano. ¡Pero esa niña parecía tan buena! Y Catalina tenía tantas ganas…. Así que se llenó de valor, y dijo con una voz fuerte:

–¡SÍ! Me llamo Catalina, y quiero irme contigo.

María se sorprendió mucho al escuchar a Catalina responder. ¿Habla? ¡Si eso es imposible! Pero eso hizo que le entrasen todavía más ganas de llevársela con ella. Así, se llevó a Catalina, y pronto se hicieron muy buenas amigas. Resulta, además, que la niña viajaba mucho con sus padres. Así que desde ese día se llevó siempre con ella a Catalina. Juntas estuvieron en muchos países; pasearon por selvas, subieron montañas, y atravesaron ríos. Se bañaron en el mar, corrieron por el campo, y esquiaron en la nieve. Montaron en barcos, aviones…y hasta en helicópteros. Y vieron muchas cosas increíbles. Catalina, como cualquier piña, no tenía piernas, ni pies, ni brazos. Pero con su nueva amiga pudo viajar por todo el mundo, ver todas las cosas que siempre quiso ver, y hacer lo que siempre le dijeron que no podría hacer. Y así vivió muy muy feliz, como una piña viajera.

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Angel Sierra

"Saber escuchar no siempre significa no tener nada que decir." Cinéfilo, tecnólogo, deportista, tímido, imaginativo, trabajador, viajero, comunicador, compañero, disfrutón, tranquilo, loco, músico, cocinero, gestor, bailarín, empático, friki, complicado, géminis... siempre diferente. Huye de encasillamientos; de lo que has sido o dicen que eres. Sé lo que quieras ser... sobre todo buena gente.

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